“Mi reino por esas defecaciones”
Hasta el día de hoy, de acuerdo con su legislación interna, cualquier estadounidense puede reclamar para su país islas sin soberanía previa… siempre y cuando contengan depósitos de caca de ave (guano).
Hasta el día de hoy, de acuerdo con su legislación interna, cualquier estadounidense puede reclamar para su país islas sin soberanía previa… siempre y cuando contengan depósitos de caca de ave (guano).
Cuando el algodón comenzó a amenazar la industria textil europea, los empresarios franceses de la lana intentaron prohibirlo. Cuando esto falló, planearon una inusual estrategia: contratar a prostitutas para que vagaran por las calles de París con ropa de algodón, punto en el que la policía las desvestiría. Así, las damas de sociedad evitarían el algodón para no ser confundidas con prostitutas y desnudadas.
En el Estados Unidos de la segunda mitad siglo XIX, el caviar era tan abundante y barato que se regalaba en bares y salones para inducir sed en la clientela, tal como hoy con el maní.
En un texto escolar oficial de 2017 repartido por el ministerio de educación de Arabia Saudita a sus estudiantes, aparece por error una foto del rey Fáisal bin Abdulaziz en 1945 firmando la membresía a la ONU... con Yoda photoshopeado a su lado.
Durante el siglo XX, la empresa Hoover tuvo una posición tan dominante en el mercado de aspiradoras británico que hasta hoy aspirar se dice "to hoover". En 1992, sin embargo, la empresa lanzó una promoción desquiciada: por la compra de £100 en cualquier producto Hoover, se podrían canjear dos boletos de avión a destinos europeos. Luego, la promoción fue extendida a Nueva York o Orlando. Por la venta de una aspiradora a £119, Hoover obtenía una ganancia de £30, y los viajes a Estados Unidos costaban al menos £600. La apuesta era que:
Por el contrario, la división británica de Hoover, la empresa que hasta hace poco dominara el mercado, quedó tan maltrecha que fue vendida a un competidor italiano por US$ 106 millones, a una pérdida de US$ 81 millones.
De manera de incrementar los reclutas para la Guerra del Pacífico, se ofreció remisión de penas a cientos de condenados. Una vez acabada la guerra, se encontraron con que no se honró la palabra empeñada. Muchos debían volver a prisión e incluso se condenó a varios fallecidos en batalla.
El gobierno de Domingo Santa María presentó las Leyes Laicas, que transferían al Estado las funciones civiles de la Iglesia católica. Una de estas normas eliminó la separación física de áreas de entierro entre católicos y “disidentes”, y prohibió sepulturas en predios que no fueran cementerios, medida que afectó sobre todo a las parroquias. En consecuencia, se produjo una “caza de cadáveres”. Policías vigilaban casas de moribundos para prevenir entierros descaminados. Algunos simulaban mudanzas para ocultar los restos mortales en carretelas. Oficiales civiles arrebataban fiambres contra la voluntad de los familiares para llevarlos a los cementerios que la ley mandaba, y católicos los exhumaban en secreto para enterrarlos ilegalmente en las iglesias, dejando en los agujeros ataúdes llenos de piedras.
Durante la Guerra del Pacífico, un subteniente vio morir de tifus a un buen amigo en Huancayo y decidió llevar los restos mortales a la familia en Chile. O bueno, lo que fuera viable. Exhumó el cadáver, lo hirvió para separar esqueleto y carne, volvió a hervir los huesos para limpiarlos, los secó con un enjuague con alcohol y los cargó en una caja de lata el resto de la campaña.
En Quebrada Honda, durante la campaña de la Sierra de la Guerra del Pacífico, el comandante peruano Andrés Avelino Cáceres complementó su menguado contingente disfrazando auquénidos con sombreros de cinta roja —distintivo particular de sus tropas—. Funcionó. Los chilenos evitaron el riesgo. Por este tipo de tretas llamaban a Cáceres "El Brujo de los Andes".