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“¿El apellido? Depende de para dónde sople el viento”

Durante la colonia en el Imperio español, el ítem apellidos era una anárquica ensalada. Podían cambiar a lo largo de la vida, o diferir entre unos y otros documentos. Los sujetos podían incluso aparecer con apellidos distintos en un mismo documento, o hermanos podían llevar el mismo nombre de pila y variar el apellido. En Chile, a modo de ejemplo, un tal Cristóbal Salvador tuvo entre sus hijos legítimos a Pedro López de Fonseca, Pedro Salvador de Vergara, Gaspar de Vergara, Gaspar Salvador de Vergara, María López de Fonseca y María Vergara.

“Me encanta tu vajilla” “Oh, es importada de España”

De acuerdo con el cronista Alonso Góngora Marmolejo, así mataron los mapuches a Pedro de Valdivia una vez que lo capturaron en la batalla de Tucapel:

Le trajeron a Valdivia a su yanacona Agustinillo, el cual le quitó la celada. Viéndose con lengua les comenzó a hablar, diciéndoles que les sacaría los cristianos de el reino y despoblaría las ciudades y daría dos mil ovejas si le daban la vida. Los indios, para dalle a entender que no querían concierto alguno, le hicieron al yanacona pedazos delante de él. […] Hicieron los indios un fuego delante de él, y con una cáscara de armeja [almeja] le cortaron los lagartos [músculos] de los brazos desde el codo a la muñeca (teniendo espadas, dagas y cuchillos con que podello hacer, no quisieron, por dalle mayor martirio) y los comieron asados en su presencia.

Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán recogió del cacique Aremcheu:

Llenándole la boca de oro molido, y con un garrote ahusado de las macanas que llevaban, se lo iban entrando por el gaznate adentro, como cuando se baquetea un arcabuz, y le iban diciendo que pues era tan amigo del oro, que se hartase y llenase el vientre de lo que tanto apetecía.

Diego de Rosales escribió que, a continuación:

Llegó uno y, rompiéndole desde la garganta al pecho con un cuchillo, le metió la mano en él y le sacó el corazón arrancándosele, y así palpitando como estaba y chorreando sangre, se los mostró a todos (…) Le hizo pedacitos muy menudos que comieron todos los caciques y los demás se relamían en su sangre.

Hicieron a continuación flautas con los huesos de sus piernas y su cráneo fue dedicado por generaciones para beber chicha en grandes celebraciones.

“Mientras no cree un Frente Patriótico en dos siglos más, ok”

De entre las muchas anécdotas apócrifas que se cuentan de Manuel Rodríguez (como abrirle la puerta de la calesa a Casimiro Marcó del Pont) esta es de primera fuente.

El guerrillero se refugió en casa del patriota José Eulogio Celis en la localidad de Los Rastrojos y, oyendo cabalgaduras realistas, introdujo su humanidad en un cepo. “¿Quién es ese?”, preguntó el oficial. “Es un curao impenitente, señor, y además es un tenorio muy fregao, que no eja tranquila a ninguna de las chinas de la hacienda”, respondió Celis. El español retrucó que no les cargara mucho la mano a los enamorados.

“Espere, mi sargento, que no encuentro mi tarjeta para acumular millas”

El 29 de junio de 1973, el coronel Roberto Souper alzó un regimiento del Ejército y lo puso en marcha a La Moneda para derrocar a Salvador Allende, en el llamado Tanquetazo. Como si ni ellos mismos se creyeran el cuento, respetaron las luces rojas a su paso. Tan punga todo, que un tanque pasó a echar bencina, e incluso pagaron.

Un día cualquiera en la oficina

Durante el Golpe de Estado del 11 de septiembre 1973 en Chile tampoco se salvó la casa de Salvador Allende en Tomás Moro. Claro que el 1° cohete impactó, de entre todos los lugares posibles, en el hospital de la propia FACH. Y el condoro fue, de entre todos los pilotos posibles, del hijo de Gustavo Leigh.

Lo único penoso es el teclado inglés

En el siglo XVI, el navegante español Francisco de Ulloa llamó a una tempestuosa entrada de mar como Golfo de Peñas. Con el tiempo, las cartas británicas lo transformaron en Golfo de Penas, no por lo penosas de las travesías sino por la ausencia de la letra ñ en su arsenal fonético y tipográfico.

El último juego de bachillerato de la vida

Las mapuches del siglo XVI practicaban el estrambótico rito de los palitos. Antes de ajusticiar a un español, este recibía un manojo de palitos que enterraba de a uno, nombrando a alguno de su tierra. Al no quedarle más que el último, se nombraba a sí mismo: “yo soy este y aquí me entierro, pues ha llegado mi día”. Mientras echaba tierra en el hoyo lo ultimaban de un mazazo en la cerviz.

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