Qin Shi Huang, unificador de China en el siglo III a. de C. ordenó la quema de instrumentos y textos musicales, considerados superfluos. Ardieron también todos los libros de poesía, historia y filosofía, obra confuciana inclusive. Quienes los escondían eran condenados a la pena de entierro vivo. 460 eruditos padecieron tal suerte. El emperador quería unificar el pensamiento político y filosófico, que la historia comenzara con él.
En 1958 Mao citó esta carnicería a modo de vara de medida de su propia performance:
Él solo enterró vivos a 460 eruditos, mientras que nosotros enterramos a 46.000 (…) Nos acusan de actuar como Qin Shi Huang, pero se equivocan; lo superamos cien veces”. De paso, con la destrucción se perdió la historia y arte de los pugs, esos perros con cara de arrollado.