En 1933, se creó la Legión Nacional de la Decencia, una organización católica establecida por obispos y con mandato del delegado apostólico del Vaticano, destinada a identificar y combatir las flaquezas morales de la industria cinematográfica. Los legionarios se anotaron una pequeña victoria con una película protagonizada por la atrevida Mae West, que Paramount se aprestaba a distribuir con el nombre de No es pecado. Un escuadrón de sacerdotes marchó con carteles que leían “ES”, y el estudio accedió a modificar el título a Bella de los noventa.
El departamento de publicidad llevaba meses entrenando a cincuenta loros para repetir sin parar “no es pecado”, a objeto de repartirlos luego en posiciones clave a lo largo del mundo. Inservibles, fueron liberados en selvas sudamericanas y siguieron repitiendo la frase por años.