En junio de 1994, Nicholas Barclay, de trece años de edad, desapareció en San Antonio, Texas. A fines de 1997, el francés Frédéric Bourdin, entonces de 23 años de edad, viajó a Estados Unidos y declaró ante los padres que él era el hijo perdido, pese a su acento francés y aun cuando ni siquiera el color de los ojos era el mismo. Explicó que había escapado de una red de prostitución infantil, y que sus captores cambiaron el color de los ojos mediante químicos. Asombrosamente, engañó a los Barclay, y vivió con ellos durante cinco meses, hasta que un investigador privado comparó sus orejas con las de una foto. El FBI comparó huellas dactilares y ADN, probó el fraude. Fue condenado a seis años de prisión.
Una vez fuera de la cárcel, Bourdin suplantó a numerosas otras personas. En 2005, con 31 años de edad, se hizo pasar por Francisco Hernandes-Fernandez, un huérfano español de 15, y se pasó un mes en un colegio en Pau. Usaba gorra para esconder los principios de calvicie de su frente y crema depilatoria para el vello facial.