Hay datos freak mejores, pero Peor es Nada
Peor Es Nada, Chimbarongo, alude a la decepción vivida por una tal Eulalia Sánchez al enterarse de su tajada de la herencia.
Peor Es Nada, Chimbarongo, alude a la decepción vivida por una tal Eulalia Sánchez al enterarse de su tajada de la herencia.
Para el dieciocho de 1873, el público del parque Cousiño se quedó con los crespos hechos de ver a un fueguino a quien hacían llamar el antropófago José. De acuerdo con un cronista de El Ferrocarril, con generosa dosis de su propia cosecha, “ha estado enfermo desde su llegada a Santiago, por falta tal vez de su alimento favorito”.
En mayo de 1788, Ambrosio O'Higgins figuraba de comandante de La Frontera. Se encontraba abocado a recuperar la parafernalia litúrgica del obispo de Concepción, recién liberado de un breve cautiverio mapuche del que salió en una pieza gracias a la fortuna. Dos caciques apostaron la vida del purpurado en un partido de chueca y ganó el bando no homicida (en 1978 un bus de Carabineros fue despachado a ese mismo lugar a detener un match, y los jugadores, cual homenaje histórico, repelieron a chuecazos a las fuerzas del orden).
En eso, O'Higgins fue informado de que se lo nombraba gobernador de Chile. Partió a Santiago, las alhajas del purpurado pasaron al olvido, y por años se vio a caballos de mocetones de la Frontera ornados con casullas obispales.
Durante el siglo XVIII se importaban desde Cádiz a las colonias americanas sombreros de piel de castor. Los había de pelo entero y de medio pelo. Estos último, dos pesos más baratos, eran los preferidos por la clase trabajadora, origen de la expresión “de medio pelo” como sinónimo de rasca.
Augusto Pinochet no hubiera sido la autoridad más prolongada de la historia de Chile de no ser por una insensatez ecuestre.
El gobernador Gabriel Cano y Aponte llevaba 15 años y diez meses en el poder cuando, montado, intentó que su caballo se apoyara con las manos en una pared vertical. El caballo se fue de espaldas, recibió el peso encima y murió a los tres meses.
Dado que los ganaderos coloniales tarde, mal y nunca se bajaban del caballo, los indígenas comenzaron a hablar de huaso, que en quechua significa “espalda” o “ancas”, porque casi siempre los veían a espaldas del animal. Un huaso no era alguien de campo, sino un jinete.
Los pocos africanos que llegaron a Chile durante la Conquista y la Colonia supusieron una sorpresa de proporciones para los indígenas. El color de la piel de uno que naufragó en 1542 o 1543 cerca del actual Los Vilos les causó espanto. Cuenta el cronista Mariño de Lobera que, para blanquearlo, lo lavaron con agua muy caliente, refregándolo con corazones de mazorcas de choclo, “pero como sobre lo negro no hay tintura, él quedó tan negro como su ventura […] después de esto le dieron una muerte muy cruel”. Aún existe ahí la Quebrada del Negro.
Góngora Marmolejo relata que en 1556, descolocados por la oscuridad de la piel de una esclava valdiviana, la ataron de pies y de manos, le echaron cántaros de agua encima y con arena y toda la aspereza de la que fueron capaces la fregaron para limpiarla. Como la curiche no desteñía la desollaron, rellenaron su piel con paja y así la pasearon por toda la región. Mariño de Lobera añade una historia similar respecto de un esclavo capturado en 1548 cerca de La Imperial.
Durante la colonia en el Imperio español, el ítem apellidos era una anárquica ensalada. Podían cambiar a lo largo de la vida, o diferir entre unos y otros documentos. Los sujetos podían incluso aparecer con apellidos distintos en un mismo documento, o hermanos podían llevar el mismo nombre de pila y variar el apellido. En Chile, a modo de ejemplo, un tal Cristóbal Salvador tuvo entre sus hijos legítimos a Pedro López de Fonseca, Pedro Salvador de Vergara, Gaspar de Vergara, Gaspar Salvador de Vergara, María López de Fonseca y María Vergara.
De acuerdo con el cronista Alonso Góngora Marmolejo, así mataron los mapuches a Pedro de Valdivia una vez que lo capturaron en la batalla de Tucapel:
Le trajeron a Valdivia a su yanacona Agustinillo, el cual le quitó la celada. Viéndose con lengua les comenzó a hablar, diciéndoles que les sacaría los cristianos de el reino y despoblaría las ciudades y daría dos mil ovejas si le daban la vida. Los indios, para dalle a entender que no querían concierto alguno, le hicieron al yanacona pedazos delante de él. […] Hicieron los indios un fuego delante de él, y con una cáscara de armeja [almeja] le cortaron los lagartos [músculos] de los brazos desde el codo a la muñeca (teniendo espadas, dagas y cuchillos con que podello hacer, no quisieron, por dalle mayor martirio) y los comieron asados en su presencia.
Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán recogió del cacique Aremcheu:
Llenándole la boca de oro molido, y con un garrote ahusado de las macanas que llevaban, se lo iban entrando por el gaznate adentro, como cuando se baquetea un arcabuz, y le iban diciendo que pues era tan amigo del oro, que se hartase y llenase el vientre de lo que tanto apetecía.
Diego de Rosales escribió que, a continuación:
Llegó uno y, rompiéndole desde la garganta al pecho con un cuchillo, le metió la mano en él y le sacó el corazón arrancándosele, y así palpitando como estaba y chorreando sangre, se los mostró a todos (…) Le hizo pedacitos muy menudos que comieron todos los caciques y los demás se relamían en su sangre.
Hicieron a continuación flautas con los huesos de sus piernas y su cráneo fue dedicado por generaciones para beber chicha en grandes celebraciones.