Para el estreno de la Novena Sinfonía en Viena, Beethoven decidió dirigir pese a su sordera. No había aparecido en un escenario por doce años, pero la Novena era diferente. El director de planta recordaba el desastre de la conducción de Beethoven en un ensayo de Fidelio dos años antes. En secreto, instruyó a los músicos a ignorar al compositor y seguirlo a él.
Al momento en que estalló la ovación al término del último movimiento, Beethoven seguía rezagado bamboleando la batuta. Una contralto caminó hasta él y le jaló la manga. Solo entonces giró a contemplar la euforia desatada a sus espaldas. El público enardecido levantaba pañuelos, sombreros, manos y todo lo que tuvieran a su alcance para que los ojos del maestro captaran el júbilo.
La Novena ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y es el himno del Consejo de Europa de la Unión Europea. De acuerdo a Philips, su extensión en parte definió el tamaño del Compact Disc. Es tanta la sombra que proyecta sobre todo lo que ha venido después, que el musicólogo Joseph Kerman escribió que “vivimos en el valle de la Novena Sinfonía”. Y por alguna inasible razón, cada año se ejecuta febrilmente a lo largo y ancho de Japón en víspera de año nuevo. Parece imposible de creer que la primera repetición, dos semanas después del estreno, perdió dinero en boletería.
La principal candidata a la pieza más grandiosa de todos los tiempos fue creada por alguien completamente sordo.