En 1696, Isaac Newton fue nombrado alcaide de la Casa de la Moneda, y más tarde director. Tarde en las noches, merodeaba por bares y tabernas de las zonas más sórdidas de Londres, reuniendo pruebas contra los falsificadores. Como era difícil probar este delito, pidió al Tesoro disfraces especiales para cumplir con el cometido. Se las arregló para ser nombrado juez de paz en 19 condados, un órgano jurisdiccional de bajo rango, con el objetivo de realizar en persona más de 100 interrogatorios de testigos y sospechosos. Se decía que eran diligencias de particular crudeza, algo que Newton debe haber aquilatado bien, pues ordenó que se destruyesen todos los registros. Así, este sabueso de las divisas logró procesar con éxito a 28 imputados. La falsificación se consideraba alta traición y se castigaba con la vieja costumbre de “ahorcado, arrastrado y descuartizado”.