Brasil

Armas químicas en el campo de juego

En cuartos de final del Mundial de Chile 1962, Brasil colisionó con Inglaterra. La destreza británica más recordada de ese match no fue futbolística. Como ocurre desde tiempos inmemoriales en todo espectáculo masivo chileno, un perro callejero invadió la cancha. Hubo que detener la acción, mientras Garrincha y otros jugadores intentaban agarrar al quiltro.

Jimmy Greaves priorizó la estrategia por sobre la agilidad, y se acuclilló para atraerlo con cariño fingido. Gateó hacia él, lo miró fijo a los ojos y, una vez ganado su corazón, dio el zarpazo. El público ovacionó la maniobra casi más que los dos goles de Garrincha. Lo que no se veía desde las tribunas es que el perro evacuó sobre su camiseta, y como no había recambio Greaves siguió desempeñándose con orina de perro por el resto del match. "Empecé a apestar de tal manera... Era asqueroso", recordaba. "No me explico cómo no gané aquel partido yo solo... ¡desde aquel momento ningún defensa brasileño se atrevió a acercarse a mí!".

Al finalizar el mundial, Garrincha adoptó al quiltro, por lo que Jimmy Greaves se conocía en Brasil como “el agarrador del perro de Garrincha”.

“Y sentirán la mandíbula más liviana cuando salten a cabecear”

Vicente Feola, el entrenador brasileño en el Mundial de Suecia 1958, era un perfeccionista. Visitaron veinticinco locaciones antes de definir su campo base. Exigió reemplazar a cada una de las veinticinco mujeres del personal del hotel por hombres para coartar cualquier distracción. El dentista que contrató, relata Jonathan Wilson, “estaba igual de ocupado, extrayendo un total de 470 dientes de los 33 jugadores de la nómina provisional”.

Una fantasía asimétrica

De niño, los médicos conminaron a Garrincha a buscar alternativas al fútbol. Ni en sueños podría convertirse en deportista profesional “este pobre resto del hambre y de la poliomielitis” como escribió Eduardo Galeano. Con la columna vertebral torcida y sus piernas curvadas, una seis centímetros más corta que la otra, se volvió uno de los mejores jugadores de todos los tiempos.

Por fortuna el fútbol se escribe con los pies

Previo al Mundial de Suecia 1958, Garrincha, uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, fue sometido a un test de destrezas cognitivas diseñado para los trabajadores de la Compañía Municipal de Transportes Colectivos de São Paulo. Obtuvo 38 puntos de 123 posibles. No lo habrían aceptado para manejar un autobús. Lo hizo tan mal, que ni el formulario pudo completar correctamente: en el cuadro “profesión” escribió "atreta" en lugar de "atleta"

El duodécimo jugador

Relata Eduardo Galeano respecto al tricampeonato del Flamengo de los '50:

El padre Góes garantizó la victoria a cambio de que los jugadores asistieran a su misa, antes de cada partido, y rezaran el rosario de rodillas ante el altar.

Así, Flamengo conquistó la copa tres años seguidos [1953, 1954, 1955]. Los clubes rivales protestaron ante el cardenal Jaime Cámara: el Flamengo estaba usando armas prohibidas. El padre Góes se defendió alegando que él no hacía más que alumbrar el camino del Señor, y continuó rezando a los jugadores su rosario de cuentas rojas y negras, que son los colores de Flamengo y de una divinidad africana que al mismo tiempo encarna a Jesús y a Satanás. Pero al cuarto año, el Flamengo perdió el campeonato. Los jugadores dejaron de ir a misa y nunca más rezaron el rosario. El padre Góes pidió ayuda al papa de Roma, que no le contestó.

Zurciendo con el enemigo

El maracanazo, la final del Mundial de 1950 que Brasil perdió dramáticamente contra Uruguay, fue el último partido que Brasil jugó de blanco. De ahí en más, se la consideró una vestimenta poco patriótica. En el Campeonato Sudamericano de Selecciones de 1953, antecesor de la Copa América, optó por la azul que venía empleando de reserva, pero con ella perdió el desempate ante Paraguay. Se lanzó un concurso para la renovación, un proceso que culminaría con la conocida verde-amarela. Nadie sabía que el autor de la propuesta ganadora, Aldyr García Schlee era, de entre todos los equipos posibles, hincha de Uruguay.

Con Zizinho ¿quién necesita VAR?

En Brasil - Yugoslavia del Mundial de 1950, se le anuló un gol de Zizinho por offside de Chico. Su respuesta a lo que estimó una injusticia arbitral fue… ¡repetirlo! Entró al área por el mismo flanco, esquivó al mismo defensa con la misma elegancia, se filtró de igual modo por la izquierda, y embutió la redonda en el mismo ángulo.

“Bueno, si sacrificamos ovejas pasamos las penas con asado de cordero”

En la víspera del mundial de Brasil de 1950, Inglaterra venía de batir 4-0 a la poderosa Italia, bicampeona del mundo, y 10-0 a Portugal en Lisboa. Las casas de apuestas pagaban 3:1 por Inglaterra como campeón del Mundial, y 500 a 1 por Estados Unidos, de su mismo grupo. Bill Jeffrey, el entrenador de los norteamericano cuyo sueldo dependía en parte de su capacidad para aleonar a sus pupilos, los describió como “ovejas listas para ser sacrificadas”.

Estados Unidos venía de perder 3 a 1 con España en el estreno, completando una seguidilla de siete derrotas internacionales consecutivas desde el Mundial de 1934. El balance era de dos goles a favor y 45 en contra. Para la mayoría de sus jugadores, el fútbol era solo una distracción. Walter Bahr era profesor de secundaria; Frank Borghi conducía un coche fúnebre; Joe Gaetjens, un inmigrante de origen germano-haitiano que ni siquiera tenía pasaporte estadounidense, trabajaba a medio tiempo lavando platos en un restaurante de Manhattan para financiar sus estudios de contabilidad en Columbia. Otro era cartero y uno trabajaba en un molino. Ben McLaughlin ni siquiera pudo viajar porque su empleo se lo impedía. La escuadra fue seleccionada a última hora, no se conocían entre sí y entrenaron juntos solo una vez, el día antes de partir a Brasil.

La tarde del match, un extraño cable brotó desde Belo Horizonte: “England 0-U.S. 1”. “Los editores del New York Times”, escribió Sports Illustrated, “tardaron en imprimir el resultado porque pensaron que se trataba de un error de transmisión; el resultado debía haber sido 10-1, a favor de Inglaterra”. No había error alguno. El único tanto recayó en Joe Gaetjens, el lavaplatos de Manhattan. Los periódicos de los países en competencia festinaron con la sensación. Excepto en las naciones involucradas, paradojalmente.

En Estados Unidos, porque el rating del fútbol era muy modesto. Tanto, que el único periodista presente, Dent McSkimming, era un cabeza dura que, incapaz de convencer a sus empleadores de cubrir el evento, viajó a costa de sus propias vacaciones. Aun así, ni siquiera su propio periódico, el St. Louis Post-Dispatch, utilizó su reporte, y empleó en su lugar su cuenta en un servicio de cables internacionales. En Inglaterra, porque en esa misma jornada negra su seleccionado de críquet perdió por primera vez contra un popurrí de países y dependencias caribeñas llamado Indias Occidentales.

Billy Wright, el capitán inglés, adjudicó la derrota al arbitraje: “Mr. Dattilo de Italia, quien parecía determinado a impedir que nada tan insignificante como las reglas del juego se interpusiera entre Estados Unidos y la victoria”.

Gaetjens canalizó su fama en el fútbol francés, pero no hizo gran cosa. Luego fundó una lavandería, y más tarde volvió a reivindicar sus raíces a Haití, donde desapareció misteriosamente en manos de la temible policía de Papa Doc (irónicamente, fue el mismo gobierno haitiano el que emitió una estampilla conmemorativa de Gaetjens en 2000).
En años sucesivos, Inglaterra vengaría la derrota humillando a EEUU 6 – 3, 8 – 1, 10 – 0 y 5 – 0, pero es ese 0 – 1 el que quedó grabado en la memoria.

Un asado con brasas que no se apagan

El arquero Moacir Barbosa fue sindicado como el responsable del segundo gol que le costó la derrota a Brasil ante Uruguay en la final del Mundial de 1950, el famoso maracanazo. Fue uno de los mejores porteros del mundo en las décadas de los cuarenta y cincuenta, famoso porque prefería sentir la pelota con sus manos desnudas que la amortiguación de los guantes. En ese mismo Mundial fue votado por los periodistas como el mejor golero de todos. Pero no había en el mundo montaña de laureles capaz de compensar ese único magno error. Trece años después, le regalaron los postes del arco. Barbosa invitó a sus vecinos a casa, a disfrutar de un asado expiatorio cocinado con la madera de sus penurias. Pero la culpa nunca lo dejó. Reveló después que el momento más triste de su vida no fue el derechazo de Gigghia, sino un comentario que alcanzó a oír en un mercado de Río dos décadas más tarde. “Míralo, hijo”, dijo una mujer apuntándolo, “ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”. La condena transferida de padre a hijo, reflexionó Barbosa, “nunca seré libre”. Durante las clasificatorias para Estados Unidos 1994 fue a alentar a los jugadores a la concentración, pero el supersticioso Mario Lobo Zagallo le prohibió la entrada. Ricardo Teixeira, entonces presidente de la federación brasileña, le impidió comentar los partidos de la selección. Para entonces, vivía de allegado en casa de una cuñada, raspando las migajas de su jubilación.

Medio siglo después de los hechos, Barbosa emitió su declaración más famosa: “en mi país la máxima pena para un crimen son 30 años, yo llevó 50 años y aún mi pena no está saldada con el pueblo brasileño”. Murió dos semanas más tarde, jamás olvidado y jamás perdonado.

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