Mes: Abril 2020

Un notición explosivo

Cuando Ludvig Nobel falleció en 1888, un diario francés publicó por equivocación el obituario de su hermano Alfred, titulado “El mercader de la muerte ha muerto” (Le marchand de la mort est mort). Debido a su invención de la dinamita, el artículo lo describía como "quien se volvió rico al encontrar formas de matar más gente más rápido que nunca antes". Nobel resultó tan afectado por su lectura que reescribió su testamento para legar la mayor parte de su fortuna a la causa que lo haría aún más famoso, los premios para los autores de notables contribuciones a la humanidad.

Nota: ese obituario nunca ha sido encontrado, y tampoco hay registros de la existencia del supuesto periódico que lo publicó, L'Idiotie Quotidienne. Sin embargo, hay una cita parecida en Le Figaro el 15 de abril de 1888, seis años antes de la muerte de Alfred. Podría tratarse de una distorsión en la cita exacta.

“Bueno, si sacrificamos ovejas pasamos las penas con asado de cordero”

En la víspera del mundial de Brasil de 1950, Inglaterra venía de batir 4-0 a la poderosa Italia, bicampeona del mundo, y 10-0 a Portugal en Lisboa. Las casas de apuestas pagaban 3:1 por Inglaterra como campeón del Mundial, y 500 a 1 por Estados Unidos, de su mismo grupo. Bill Jeffrey, el entrenador de los norteamericano cuyo sueldo dependía en parte de su capacidad para aleonar a sus pupilos, los describió como “ovejas listas para ser sacrificadas”.

Estados Unidos venía de perder 3 a 1 con España en el estreno, completando una seguidilla de siete derrotas internacionales consecutivas desde el Mundial de 1934. El balance era de dos goles a favor y 45 en contra. Para la mayoría de sus jugadores, el fútbol era solo una distracción. Walter Bahr era profesor de secundaria; Frank Borghi conducía un coche fúnebre; Joe Gaetjens, un inmigrante de origen germano-haitiano que ni siquiera tenía pasaporte estadounidense, trabajaba a medio tiempo lavando platos en un restaurante de Manhattan para financiar sus estudios de contabilidad en Columbia. Otro era cartero y uno trabajaba en un molino. Ben McLaughlin ni siquiera pudo viajar porque su empleo se lo impedía. La escuadra fue seleccionada a última hora, no se conocían entre sí y entrenaron juntos solo una vez, el día antes de partir a Brasil.

La tarde del match, un extraño cable brotó desde Belo Horizonte: “England 0-U.S. 1”. “Los editores del New York Times”, escribió Sports Illustrated, “tardaron en imprimir el resultado porque pensaron que se trataba de un error de transmisión; el resultado debía haber sido 10-1, a favor de Inglaterra”. No había error alguno. El único tanto recayó en Joe Gaetjens, el lavaplatos de Manhattan. Los periódicos de los países en competencia festinaron con la sensación. Excepto en las naciones involucradas, paradojalmente.

En Estados Unidos, porque el rating del fútbol era muy modesto. Tanto, que el único periodista presente, Dent McSkimming, era un cabeza dura que, incapaz de convencer a sus empleadores de cubrir el evento, viajó a costa de sus propias vacaciones. Aun así, ni siquiera su propio periódico, el St. Louis Post-Dispatch, utilizó su reporte, y empleó en su lugar su cuenta en un servicio de cables internacionales. En Inglaterra, porque en esa misma jornada negra su seleccionado de críquet perdió por primera vez contra un popurrí de países y dependencias caribeñas llamado Indias Occidentales.

Billy Wright, el capitán inglés, adjudicó la derrota al arbitraje: “Mr. Dattilo de Italia, quien parecía determinado a impedir que nada tan insignificante como las reglas del juego se interpusiera entre Estados Unidos y la victoria”.

Gaetjens canalizó su fama en el fútbol francés, pero no hizo gran cosa. Luego fundó una lavandería, y más tarde volvió a reivindicar sus raíces a Haití, donde desapareció misteriosamente en manos de la temible policía de Papa Doc (irónicamente, fue el mismo gobierno haitiano el que emitió una estampilla conmemorativa de Gaetjens en 2000).
En años sucesivos, Inglaterra vengaría la derrota humillando a EEUU 6 – 3, 8 – 1, 10 – 0 y 5 – 0, pero es ese 0 – 1 el que quedó grabado en la memoria.

Velar por los derechos versus derecho a abusar del elenco

Los Cuatro Fantásticos (The Fantastic Four), sobre los personajes homónimos de Marvel, se filmó en 1994 con un mísero millón de dólares de presupuesto. No era más que un pretexto para evitar que vencieran los derechos, predestinado a guardarse para siempre en una bóveda. El elenco y los técnicos madrugaban cada mañana y entregaban su mejor esfuerzo ignorando que su histrionismo estaba sentenciado a una eternidad de abandono.

Medio accidente para media genialidad

Freddie Mercury solía pasearse por el escenario como amo y señor al mando de su micrófono de medio pedestal. Era su marca registrada, desde que en un baile universitario forcejeó con la pesada base de un antiguo micrófono hasta que cedió inesperadamente.

Los superhombres también merecen licencias por estrés

Durante la transmisión del programa radial Las aventuras de Superman (1940 – 1951), llegó un punto en que Bud Collyer, la voz del súper hombre, quería vacaciones. La tecnología de la época, sin embargo, solo admitía programas en vivo. Así nació la idea de la kryptonita. La incorporación de un punto débil permitía reemplazar a Collyer por un tipo que solo emitía gruñidos.

“Al menos los delfines podrán jugar water polo”

En mayo de 1949, el Torino venía de ganar cuatro scudetti consecutivos, y estaba a punto de ganar quinto, cuando el aeroplano que lo transportaba se estrelló contra la Basílica de Superga. La tragedia ocasionó una mortandad masiva de estrellas, y fue el fin del Grande Torino. Uno de los pocos que escabulló la muerte fue el gran Ladislao Kubala, quien canceló el viaje a última hora al enterarse de que su mujer y su hijo habían logrado escapar de Hungría. Para no tomar riesgos, la selección italiana viajó al Mundial de Brasil de 1950 en el transatlántico Sissa, después de recibir la bendición papal de Pío XII. Entrenaban en la cubierta, pero en breve perdieron todos los balones en el mar y hubo que limitarse a trabajos físicos.

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