CULTURA

Iracundos, pero motorizados

Stalin aprobó la exhibición de la película Las uvas de la ira en la URSS, suponiendo que exponer las penurias del capitalismo fortalecería la ideología comunista. El efecto fue el contrario: evidenciaba que incluso los estadounidenses pobres podían pagar un auto tarde o temprano. Stalin cambió de parecer y la prohibió.

Reducio!

Durante la filmación de la primera Harry Potter, la legislación británica admitía un máximo de cuatro horas de trabajo para los niños. Superado ese plazo, debían retirarse a cumplir tres horas de responsabilidades escolares. Los actores hacían sus verdaderas tareas en el set de Hogwarts, pero eso no era convalidable a ojos de la autoridad. Encima de todo, hubo que repetir cada escena en la que los actores dijeran “filosofal”. En Norteamérica el libro se retituló La piedra del hechicero y no se puede triunfar en cine prescindiendo de Estados Unidos.

Con tan poco tiempo disponible, en los diálogos con adultos se filmaba primero las escenas en las que los niños hablaban. Las respuestas de los adultos se registraban más tarde, con la cámara a espaldas de Harry, Hermione o Ron. Para sustituir a los niños se empleaba, en palabras de Alan Rickman, “adultos muy bajos (…) con peluca”.

“¿Seguro que no quedan unos pocos tranquilizantes en el bolsillo de Moon?”

En noviembre de 1973, en San Francisco, el baterista de The Who, Keith Moon, consumió una sobredosis de tranquilizantes, junto con brandy, y se desmayó en plena presentación. Pete Townshend preguntó si alguien estaba en condiciones de reemplazarlo. “¡Me refiero a alguien bueno!”. Un valiente de Iowa de 19 años llamado Scot Halpin saltó al escenario. Llevaba un año sin tocar batería. Recibió un trago de brandy para los nervios y permitió a The Who llevar a puerto el recital.

Credibilidad supra-teatral

En una representación de la parábola del evangelio acerca de las vírgenes prudentes y las insensatas realizada en 1322 en Eisenach:

Parece haber creado un gran jaleo en aquel entonces. Cuando se llegó a la escena donde la Virgen María suplica con su Hijo y es reprendida por Cristo, el margrave de Turingia, Federico el Alegre, excitadamente se levantó y, volviéndose hacia la audiencia, exclamó en apasionados tonos, '¿Qué será ahora de la fe cristiana, y a quién recurriremos en esperanza si la intercesión de la Madre de Dios y de los venerados santos fue en vano?'. Luego el margrave dejó apresuradamente la obra y se apresuró de vuelta a su castillo, el Wartburg. Allí su ira continuó, induciéndolo a tal estado de febrilidad mental que le produjo un rapto de apoplejía, que terminó cinco días después del incidente en su muerte.

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