Donde manda capitán, a veces sería mejor que mandara marinero
Nueve barcos naufragaron bajo el comando de Cristóbal Colón....Nueve barcos naufragaron bajo el comando de Cristóbal Colón.
Nueve barcos naufragaron bajo el comando de Cristóbal Colón.
La Iglesia de Todos los Santos de Wittenberg, donde Martin Lutero clavó sus “95 tesis” en las que manifestaba su oposición a las malas prácticas de la época, contenía en ese momento unas 19 mil reliquias sagradas, tales como (supuestamente):
– Pajas del pesebre de Jesús
– Frascos de leche materna de la Virgen María
– El cuerpo de uno de los niños masacrados por Herodes
A quienes las veían se les aseguraba absolución del paso por el purgatorio.
Craso, el hombre más rico de Roma en los años de Julio César, hizo parte de su colosal fortuna comprando propiedades a bajos precios mientras se incendiaban: enviaba a su contingente de 500 bomberos-esclavos a extinguir las llamas si el dueño aceptaba el trato, y pero dejaba que todo quedara en cenizas si no había acuerdo.
Cuando Ludovico Sforza le encargó La Última Cena a Leonardo da Vinci, una de las mayores obras pictóricas de todos los tiempos, éste se rehusó a ajustarse a los estrechos márgenes de tiempo que demanda la técnica del fresco, y en su lugar escogió… témpera.
Como consecuencia, a los pocos años se estaba descascarando.
Parte del financiamiento del viaje de Cristóbal Colón provino de los bienes que se les requisaban a los musulmanes o judíos que se negaron a convertirse al catolicismo tras la reconquista de España.
Ante tales condiciones, las conversiones no escasearon: el obispo de Burgos a principios del siglo 15 era originalmente un rabino llamado Shlomo Halevi que se bautizó con el cristianísimo nombre de Pablo de Santa María, y Santa Teresa de Ávila venía de una familia judíos conversos, o “marranos” apelativo con que con tan poca delicadeza se les conocía.
A instancias de su padre, Galileo Galilei había optado por medicina, pues era mejor pagada que las matemáticas. Pero un día, mientras estudiaba, observó ensimismado un candelabro meciéndose al viento, intrigado por el hecho que la duración de los ciclos no dependiese de su amplitud. En otra ocasión, asistió a una clase de geometría por accidente. Fueron esos hechos fortuitos los que acabaron por convencerlo de estudiar matemáticas y filosofía natural pese a las instrucciones paternas.
Para consuelo de su padre, el giro al menos no era tan pernicioso desde el punto de vista financiero como su idea original de volverse sacerdote.
Del griego Arístides El Justo, uno de los generales de la Batalla de Maratón, cuenta Plutarco la siguiente historia:
Cuando se plebiscitaba si se enviaba al ostracismo [el destierro griego] a él o a Temístocles, El Justo se cruzó con un analfabeto que le pidió que escribiera por él “Arístides” en su ostracon, el trozo de cerámica que hacía las veces de voto para estos fines. Le preguntó si acaso le había hecho algún mal. “No” respondió. “y ni siquiera lo conozco, pero me irrita escuchar que lo llamen en todos lados ‘El Justo’”.
Pese a la calaña de argumento que era aquel, Arístides escribió su propio nombre.
El Cuarto Concilio de Letrán de 1215 había establecido que no podría haber indulgencias de más de un año. Hacia 1490, ya se vendían por 45 mil años.