En 2005, en medio de cinco años de guerra civil, Costa de Marfil clasificó por primera vez a un mundial de fútbol. Con la televisión siguiendo los festejos en vivo en el camarín, Didier Drogba, el líder natural del equipo, tomó el micrófono y se dirigió a la cámara:
Marfileños y marfileñas, del norte, del sur, del centro y del oeste. Hemos demostrado hoy día que toda la Costa de Marfil puede coexistir, y trabajar juntos por un mismo objetivo (…). Habíamos prometido que esta celebración uniría a la gente. Hoy día, les rogamos de rodillas.
Sin soltar el micrófono se arrodilló. El equipo completo lo secundó. Y así, desde el suelo, continuó su plegaria:
¡Perdonen! ¡Perdonen! ¡Perdonen! (…) Por favor, depongan las armas, hagan elecciones.
La clasificación trajo días de celebración y bailes callejeros. Habitantes de Abidjan, principal ciudad del país y bajo el control de las fuerzas de gobierno, telefonearon a bares de territorio rebelde para ordenar cajas de cerveza a enemigos que no podrían pagarlas. Aún más asombroso, dentro de una semana las armas fueron depuestas.