FUTBOL

“Al menos nadie se resfrió”

En el mundial de Suiza de 1954 Uruguay goleó 7-0 a Escocia. Pese a que el verano de Basilea ofrecía más de 38 °C, los escoceses “lucían sus estupendas y tradicionales camisetas gruesas de lana, de manga larga y cuello alto abotonado hasta la barbilla”, que casi todos acabaron remangándose. Explica el mediocampista Tommy Docherty:

La Asociación Escocesa de Fútbol dio por sentado que Suiza era un país muy frío. Como tenía tantas montañas. Parecía que íbamos de expedición a la Antártida. Los uruguayos llevaban camisetas de verano, de cuello en pico y manga corta. ¡Cómo no íbamos a perder por 7-0!

Ese gol me pareció familiar

El 27 de octubre de 1922 Benito Mussolini inició la Marcha sobre Roma, el golpe de Estado fascista. Un firme opositor del dictador fue Filippo Turati.

El 27 de octubre de 2026 Romano Floriani Mussolini, bisnieto de Benito, anotó su primer gol en la máxima categoría. A un portero llamado Stefano Turati.

 

Escalada armamentista balompédica

En febrero de 2004 dos equipos de fútbol indios arreglaron sus respectivos partidos para obtener la diferencia de goles que necesitaban, ignorantes que sus contrincantes hacían lo mismo.

Los rivales de ambos cumplieron su parte del trato y abrieron obscenamente sus defensas. Los goles caían y caían, pero los dirigentes exigían más a medida que les informaban por teléfono de lo que ocurría en la otra cancha.

El resultado de esto fue: Wilfred 55-Dona Paula Sports Club 1, y Curtorim 61-Sangdolda Lightning 1.

La hilera de tremendos culé

El apodo de culé para los barcelonistas es casi tan antiguo como el equipo mismo. En 1909, el club jugaba en el Camp de la Industria, donde algunos aficionados solían hacer el tope de cierta pared su asiento improvisado, una localización que apodaban “La Escupidera”. El caso es que los traseros de estas personas eran claramente visibles desde la calle, y trasero en catalán se dice cul.

“Exijo que mi camiseta sea la número 007”

Sean Connery casi fichó por el Manchester United, pero “un futbolista de primera línea podría iniciar el descenso para los treinta años, y yo ya tenía veintitrés. Decidí volverme actor y resultó ser una de mis movidas más inteligentes”.

Azul, oro y Suecia

En 1905, fue creado Boca Juniors. Su nombre se origina en el barrio homónimo de Buenos Aires, a su vez llamado La Boca por su ubicación junto a la desembocadura del Riachuelo en el Río de la Plata. Los fundadores eran seis adolescentes, hijos de italianos. Si hoy los apodamos "xeneizes", es por el modo en que los genoveses se llaman a sí mismos en su propio dialecto.

Durante sus primeros años, el club utilizó varias camisetas diferentes, hasta que su presidente Juan Rafael Brichetto, operador de uno de los puentes del puerto, propuso adoptar los colores de la bandera del primer buque al que él le diera paso al día siguiente. El barco resultó ser sueco, lo que explica el azul y el amarillo.

“A estos escandinavos los crían con leche de camello”

Tras ganar la final del Mundial de Suecia de 1958, el capitán brasileño Hilderaldo Bellini recibió la copa Jules Rimet. Los fotógrafos brasileños, más bajos que sus colegas suecos, no podían ver bien, y le gritaron que la levantara. Hasta entonces, el trofeo siempre se había sostenido respetuosamente a la altura del pecho. Pero Bellini obedeció a sus compatriotas y la levantó con las dos manos sobre su cabeza, dando inicio a la tradición que perdura hasta hoy.

Religión melipillana

La selección chilena dirigida por Mirko Jozic estaba realizando una gira por Europa y Asia durante 1993. El vuelo se dirigía a Arabia Saudita y en la misma fila venían sentados Luka Tudor, delantero de Universidad Católica, y el arquero de Melipilla, Aníbal Pinto. Al llenar el formulario de policía internacional, Pinto sin mucha experiencia ni manejo del inglés, le copió paso a paso a Tudor. Name: Luka —> Aníbal, etc.

Cuando llegaron al campo "Religión", Tudor escribió "Católica". Pinto, pensando que se trataba del equipo, anotó "Melipilla".

“Bueno, si sacrificamos ovejas pasamos las penas con asado de cordero”

En la víspera del mundial de Brasil de 1950, Inglaterra venía de batir 4-0 a la poderosa Italia, bicampeona del mundo, y 10-0 a Portugal en Lisboa. Las casas de apuestas pagaban 3:1 por Inglaterra como campeón del Mundial, y 500 a 1 por Estados Unidos, de su mismo grupo. Bill Jeffrey, el entrenador de los norteamericano cuyo sueldo dependía en parte de su capacidad para aleonar a sus pupilos, los describió como “ovejas listas para ser sacrificadas”.

Estados Unidos venía de perder 3 a 1 con España en el estreno, completando una seguidilla de siete derrotas internacionales consecutivas desde el Mundial de 1934. El balance era de dos goles a favor y 45 en contra. Para la mayoría de sus jugadores, el fútbol era solo una distracción. Walter Bahr era profesor de secundaria; Frank Borghi conducía un coche fúnebre; Joe Gaetjens, un inmigrante de origen germano-haitiano que ni siquiera tenía pasaporte estadounidense, trabajaba a medio tiempo lavando platos en un restaurante de Manhattan para financiar sus estudios de contabilidad en Columbia. Otro era cartero y uno trabajaba en un molino. Ben McLaughlin ni siquiera pudo viajar porque su empleo se lo impedía. La escuadra fue seleccionada a última hora, no se conocían entre sí y entrenaron juntos solo una vez, el día antes de partir a Brasil.

La tarde del match, un extraño cable brotó desde Belo Horizonte: “England 0-U.S. 1”. “Los editores del New York Times”, escribió Sports Illustrated, “tardaron en imprimir el resultado porque pensaron que se trataba de un error de transmisión; el resultado debía haber sido 10-1, a favor de Inglaterra”. No había error alguno. El único tanto recayó en Joe Gaetjens, el lavaplatos de Manhattan. Los periódicos de los países en competencia festinaron con la sensación. Excepto en las naciones involucradas, paradojalmente.

En Estados Unidos, porque el rating del fútbol era muy modesto. Tanto, que el único periodista presente, Dent McSkimming, era un cabeza dura que, incapaz de convencer a sus empleadores de cubrir el evento, viajó a costa de sus propias vacaciones. Aun así, ni siquiera su propio periódico, el St. Louis Post-Dispatch, utilizó su reporte, y empleó en su lugar su cuenta en un servicio de cables internacionales. En Inglaterra, porque en esa misma jornada negra su seleccionado de críquet perdió por primera vez contra un popurrí de países y dependencias caribeñas llamado Indias Occidentales.

Billy Wright, el capitán inglés, adjudicó la derrota al arbitraje: “Mr. Dattilo de Italia, quien parecía determinado a impedir que nada tan insignificante como las reglas del juego se interpusiera entre Estados Unidos y la victoria”.

Gaetjens canalizó su fama en el fútbol francés, pero no hizo gran cosa. Luego fundó una lavandería, y más tarde volvió a reivindicar sus raíces a Haití, donde desapareció misteriosamente en manos de la temible policía de Papa Doc (irónicamente, fue el mismo gobierno haitiano el que emitió una estampilla conmemorativa de Gaetjens en 2000).
En años sucesivos, Inglaterra vengaría la derrota humillando a EEUU 6 – 3, 8 – 1, 10 – 0 y 5 – 0, pero es ese 0 – 1 el que quedó grabado en la memoria.

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