Durante la II Guerra Mundial, la penicilina fue muy utilizada para tratar heridas infectadas y otros, evitando varias muertes.
La disponibilidad del medicamento era limitada, por la dificultad de fabricar grandes cantidades y por la rápida remoción renal de la droga, que exige una dosificación frecuente.
Cerca del 80% de las dosis de penicilina es excretada por el paciente tres a cuatro horas después de la administración. Como consecuencia, era común recoger la orina de los pacientes, aislar la penicilina, y reutilizarla.