En la antigüedad el leopardo era llamado pardos, derivado de “pinteado” en sánscrito. El prefijo leo apareció después por una carambola. Plinio El Viejo escribió de cierta cruza híbrida entre leonas y pardos. Cuando el león macho detecta el “peculiar olor de la pareja” en su bienamada “se vengará con la mayor furia”. Para evitarlo, dice el naturalista, la leona se lava los vestigios aromáticos de su affaire, o mantiene a la manada a distancia por un tiempo prudente. Más extraño aún, con ese híbrido Plinio no se refería a los leopardos, sino que a las chitas. Como en estas últimas primó a la postre el apelativo sánscrito (चित्रय, chitra-ya, “adornado” o “pintado”) el concepto de león + pinteado fue recanalizado a la especie que hoy llamamos leopardo.