En 1567, Isabel I de Inglaterra organizó una lotería para costear la construcción de barcos y puertos para expandir sus mercados a lo ancho del mundo. El boleto costaba diez chelines -cifra que pocos podían costear- y el premio eran £5000, que se pagaba en parte en efectivo y en parte en vajilla, tapices y “buena tela de lino”.
Para promocionar la compra, a los compradores se les garantizaba la libertad de arresto ante los crímenes (salvo asesinato, piratería, traición y ciertos crímenes de mayor gravedad llamados “felonies”).