CHILE

Ni el exilio los iba a librar de la cultura de los apodos

El escritor Luis Sepúlveda, exiliado en Hamburgo durante la dictadura de Augusto Pinochet, relata que un colega del destierro intentó suicidarse arrojándose desde un octavo piso. Una familia en la terraza del quinto lo vio pasar. Un auto amortiguó su caída y sobrevivió, de modo que en adelante soportó ya no solo el exilio sino también su nuevo apodo: “El cóndor pasa”.

El también escritor Alfonso Alcalde cuenta sobre otro exiliado que visitó a un amigo en Rumania. Al entrar a su departamento lo encontró con la cabeza metida dentro del horno. “Y tú, ¿qué haces?”. Le respondió “¿Pero no te das cuenta de que me estoy suicidando?”. De ahí en más era “El Cabeza de Queque”.

 

La pretemporada del Informe Rettig

A consecuencia de las tortura y ejecuciones ocurridas en el Estadio Nacional de Santiago a partir de septiembre de 1973, Raúl Rettig, prometió no volver a él, aun a costa de abandonar a la U, el club de sus amores. Un día le pidió mover los partidos al Santa Laura al dirigente azul Ambrosio Rodríguez, separados por la política pero unidos por el chuncho. “Le dije que sí a don Raúl, pero que yo le ‘cobraba’ por esto. Le pregunté si quería incorporarse al directorio. Y me dijo que bueno”.

“Lo están consultando bilateralmente con la almohada”

El canciller de la UP, Clodomiro Almeyda, celebró una conferencia en Bélgica entre el rey Balduino. Como se extendió más allá de la cuenta, los periodistas afuera especulaban con expectación sobre qué tan crucial aprieto bilateral los mantendría ocupados tanto rato. En realidad ambos se habían quedado dormidos.

“De seguro está en casa haciendo galletas de jengibre”

La mañana del 11 de septiembre de 1973, Salvador Allende fue alertado de que el día decisivo había llegado y se dirigió a La Moneda. Lo acompañaban unas dos docenas del Grupo de Amigos Personales, su servicio propio de seguridad, y 18 miembros de la Policía de Investigaciones, la única rama fiel. Sin poder contactar a Augusto Pinochet ni a Gustavo Leigh, Allende preguntó en varias ocasiones: “¿Qué será del pobre Augusto?”.

La flor y nata de la inteligencia militar

La mañana del 9 de septiembre de 1973, Carlos Altamirano, Secretario General del Partido Socialista, pronunció un fogoso discurso en el Estadio Chile advirtiendo el riesgo de un golpe de Estado. “El golpe reaccionario se ataja golpeando al golpe. No se ataja conciliando con los sediciosos. El golpe no se combate con diálogos. El golpe se aplasta con la fuerza de los trabajadores”. Convocaba a hacer de Chile un "segundo Vietnam heroico".

El almirante José Toribio Merino volvió a su casa en Valparaíso y vio en televisión a Altamirano “diciendo una gran cantidad de brutalidades”. Arrancó la hoja de una agenda y escribió un mensaje para Gustavo Leigh y Augusto Pinochet, cabezas de la Fuerza Aérea y del Ejército respectivamente: “El día D será el 11 y la hora H 06:00. Si Uds. no pueden cumplir esta fase con el total de las fuerzas que mandan en Santiago, explícalo al reverso”. Hizo llamar a Sergio Huidobro para que lo entregara en la capital. Volvió en menos de dos horas:

—¿Qué pasó? ¿Cómo llegaron tan luego? —preguntó inquieto Merino.

—¡Es que no teníamos plata para pagar el peaje! —respondió Huidobro.

“¿No que se las daba de servidor público?”

Dado que la elección presidencial de Chile de 1970 se anulaba si alguno de los candidatos fallecía, tras obtener la segunda mayoría Jorge Alessandri recibió cartas que lo conminaban a suicidarse en pos de la patria, de modo que no asumiera Salvador Allende, quien obtuvo la mayor votación.

 

“Necesitamos que gane… al menos por una nariz”

En 1964, la CIA gastó el doble por votante en las elecciones presidenciales de Chile, apoyando a Eduardo Frei Montalva, que la suma de los candidatos republicano y demócrata en las elecciones estadounidenses del mismo año. Fueron US$4 millones “en unos 15 proyectos de acciones clandestinas, desde organización de pobladores de campamentos a la transferencia de fondos a los partidos políticos”. Sin que Frei fuera informado, más de la mitad de su campaña fue financiada por la CIA a través de intermediarios identificados como hombres de negocios.

Cuando los parlamentarios se hartan de parlamentar

Salvador Allende casi no llega en una pieza a las elecciones presidenciales de 1952. A menos de un mes, se ensartó en una iracunda controversia con Raúl Rettig en el marco de un proyecto sobre descanso de los mineros de El Teniente, afectados de silicosis. Allende llegó a vociferar “creo que usted quiere ir a la Asistencia Pública”. El radical replicó “a la Asistencia han ido a parar muchos, por la mala atención médica de usted”. “Prefiero ser mal médico y no un abogado gestor”. Varios colegas, Eduardo Frei entre ellos, se interpusieron para que Rettig no resolviera la afrenta a combos. Rettig lo retó a duelo y Allende aceptó.

Tras sortear a la PDI, se encontraron al amanecer en una parcela de Macul. Rettig lucía impecable, pues “la muerte es mujer, y hay que llegar a ella limpio y afeitado”. Uno de los padrinos del socialista le dijo a su contraparte: “El senador Allende disparará a matar". Le respondieron “¿Y usted cree que el senador Rettig vino a cazar pajaritos?”. Las órdenes las dio el presidente de la Cámara de Diputados, Astolfo Tapia, a quien Topaze llamaba Espantolfo por lo feo. Allende tropezó en el barro al disparar y un cariacontecido Rettig creyó haberlo matado. Las balas en realidad pasaron muy lejos y la sobrevivencia de ambos permitió que años después Allende nombrase a su contendor embajador en Brasil.

 

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