Una verdad incómoda
En 1887, al detective parisino Robert Ledru le fue encargado investigar el asesinato de Andre Monet, un veraneante en Le Havre. A medida que inspeccionaba el caso -pistola alemana, un pulgar menos en el pie del asesino- llegó a la conclusión de que el culpable había sido él mismo mientras caminaba como sonámbulo. Les informó a sus superiores y fue encerrado. Le entregaron una pistola con cartuchos de fogueo y una noche se levantó y le disparó a un guardia a pocos metros, confirmando su responsabilidad en el crimen de Monet.
