“Nunca pensé de que los dragones fueran tan gordos”

“Nunca pensé de que los dragones fueran tan gordos”

En 1783, dos meses después del vuelo inaugural de Joseph Montgolfier en un globo de aire caliente, Jacques Charles demostró que la hazaña era posible no solo con aire caliente sino también con hidrógeno. Ante el propio Montgolfier, Benjamin Franklin y una patota de curiosos despegó junto a su hermano en Campos de Marte y aterrizó en Gonesse, en las afueras de París. Los campesinos, temerosos de que semejante armatoste fuera un visitante impío, atacaron las telas con cuchillos, horquillas y mosquetes. El Mercure de France, encantado ante la idea de reírse un poco de la tosca vida del campo, describió la brega con sarcasmo:

La criatura, temblando y rebotando, dribleó los primeros golpes. Al final, sin embargo, recibió una herida mortal, y colapsó con un largo suspiro. Entonces un grito de victoria emergió, y un nuevo valor reanimó a los victoriosos. El más valiente, como otro Don Quijote, se aproximó a la bestia agonizante, y con mano temblorosa hundió su cuchillo en su pecho.

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Fuentes

Richard P. Hallion. "Taking Flight: Inventing the Aerial Age, from Antiquity through the First World War". Ed. Oxford University Press, 2003. ISBN: 9780190289591. Pág. 51 https://books.google.cl/books?id=3ak7CQAAQBAJ&pg=PA51

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