Según la tradición, un frío día de 337 san Martín de Tours encontró a un mendigo semidesnudo en la entrada de Amiens. Partió su capa con su espada de soldado imperial romano y le entregó una de las mitades al hombre. Esa noche tuvo una visión y se consagró a la vida religiosa. Esa media capa se convirtió en reliquia a la que se atribuían propiedades milagrosas. Los reyes francos la trasladaban a batallas y sobre ella se hacían los juramentos solemnes. En latín medieval era capella, diminutivo de cappa, capa. Por metonimia el término pasó a designar el templo que la albergaba y en torno al siglo VIII se usaba para cualquier inmueble pequeño destinado al culto, origen de capilla.
El sacerdote que cuidaba el manto en su relicario se llamaba cappellanu y luego todos los sacerdotes que servían en el ejército se llamaban cappellani, origen de capellán.