Antes muerto que catolificado
Oliver Cromwell, máxima autoridad de Inglaterra entre 1653 y 1658, era un devoto protestante. Tanto, que se rehusó a tratar su malaria con el “polvo jesuita”, esa novedad llamada quinina, que su cabeza no podía desvincular de los sospechosos misioneros católicos españoles. Murió a la cabeza del gobierno cinco años después, víctima una septicemia agravada por un rapto de, era que no, malaria.
