Erich Graichen, un científico alemán que trabajaba para Siemens, reportó en 1928 haber inventado el “rayo de la muerte”, capaz de matar seres vivos a distancia. Una vez que los nazis treparon al poder, su hipotética existencia en manos alemanas preocupó a los británicos. El Ministerio del Aire ofreció £1000 a quien pudiese electrocutar a una oveja a cien pasos. En 1935 Robert Watson-Watt y Skip Wilkins, investigadores de la Radio Research Station, calcularon que el mentado “rayo de la muerte” no era viable, porque requeriría demasiada potencia. Pero vieron una oportunidad en el dinero que el ministerio disponía para investigación. Watson-Watt envió un memorando inquiriendo si habría interés en transmitir ondas de radio y detectar, a partir de los ecos, la ubicación de objetos lejanos. Claro que lo había. Y fue así, a partir de la hollywoodense fantasía de un rayo de la muerte, que nació el radar.